No sabéis qué ilusión me hizo que Marc Colell ganara el premio Café Gijón con esta novela. Tenía ganas de que se diera a conocer; lo sentía como un descubrimiento mío que de pronto se hace famoso. Ya sé que mucha gente había leído Reino vegetal o El bozal, pero, como llegué a sus libros tan por casualidad, lo siento como un triunfo personal, como haber hecho una apuesta ganadora.Es una novela corta, pero muy intensa, como un café napolitano. Un hombre pasa una temporada en la casa que le presta una amiga en la pampa argentina. No sabemos por qué va ni por qué vuelve; solo somos testigos de su estancia allí mediante las cartas que el hombre escribe a la dueña de la casa. Ahora siento como si conociera ese lugar: los sapos que aparecen al anochecer; la familia que cuida la pileta y el jardín, don Emilio y su hija, que viven en una extraña casa convertida en cueva; Alfonso, el hijo del estanciero... Creo que he viajado por la pampa en coche, me he peleado con la enfermera malencarada y he dado alguna manzana a Potricox. Todo ha salido de la imaginación del autor, pero los he sentido más reales que a mis propios vecinos. Y esa forma de escribir, aparentemente tan sencilla y tan perfecta. No hay ni un solo "palabro", se bebe como agua fresca y da pena que se termine, aunque todo viaje tiene su fin. Solo quisiera saber si el libro sobre los caballos existe de verdad, me ha fascinado. Le doy un corazón de monas aunque no lo conozco porque, aunque él no lo sabe, yo ya lo considero un amigo.







