

Dirección: Jesse Eisenberg
Reparto: Julianne Moore, Paul Giamatti, Halle Bailey, Jesse Eisenberg, Cara Buono, Craig Bierko, Eldar Isgandarov, Bernadette Peters
La acción se desarrolla en New Jersey en los años 1990. La mayor parte del tiempo en el pequeño teatro Brooks(=riachuelos, aceptación; mi insuficiente inglés no puede descifrarlo) donde se prepara y produce la obra “Vecinos Chismosos” por un grupo de actores no profesionales al que se incorpora Mona Friedman (Julianne Moore) para ser dirigida por Jerry Blankenbuehler (Paul Giamatti).
La película es una mezcla heterogénea de genialidades y mierdas.
Las películas sobre obras de teatro siempre son un acierto porque permiten conjugar, dentro de un mismo plano (cinematográfico), realidad y representación. Y esto permite al guionista y al director jugar con las jugosas relaciones entre esos dos niveles. De donde suelen resultar conclusiones muy interesantes. De esta circunstancia proceden prácticamente todos los aciertos de esta película. Eisenberg y su director de fotografía (Drew Daniels) usan trucos de cine para mostrarnos cómo es el teatro desde dentro. También para explicarnos que si nos gusta el teatro (o el cine) es por puro voyeurismo. Es notable la eficacia con que nos enseñan lo que es el “método” Stanislavski: un director, una actriz y un sobre son suficientes para resumirlo en una sola escena. ¡Bravo! Una vez aplicado el método, la cosa funciona. Pero funciona tan bien que se sale de madre. Como si el director hubiera destapado la caja de Pandora para la interpretación de la actriz. Y eso la lleva por caminos insospechados. Desde fumar cigarrillos apagados hasta descubrir que la verdad de un oficio ocurre con la investidura del uniforme. Las genialidades continúan con el discurso del director a la actriz sobre el escenario. Utilizando un cañón de seguimiento sobre ella, le dice: “Soy el director. Para ti, !soy dios! Solo puedes hacer lo que yo te permito hacer”. Y terminan cuando se retira a su cuartucho decorado con atrezzo del propio teatro para reconocerle su punto débil: “Yo ya he hecho mi trabajo. El éxito de la obra ya no depende de mí. Espero que cumplas con tu papel”. ¡Chapo!
Pero.
La elección de un musical como representación no es acertada. Un amigo del matrimonio de la protagonista la critica: “¿Por qué un musical? Siempre se ponen a cantar en mitad de una escena”. Coincido: ¿Por qué? Quizás en una cultura New Jerseyana tiene más sentido. Para mí no lo tiene.
La actitud de sana camaradería entre el elenco parece inverosímil, incluso para arropar en la bienvenida a una actriz novel. Representan “Vecinos Chismosos” y no “Almas de cántaro”.
También es exagerado el papel del marido e hijos de la actriz. Los espectadores sabemos que va a haber una transformación en ella, pero no es necesario que su marido le diga: ¡Déjame cagar! para ver esa transformación.
Transformación que, por otra parte, se convierte en una “peli de tartas” cuando la actriz se mete en su papel. Muchos gags parecen un asidero del director para que sepamos que nos está gustando. No hacen falta y distraen de lo que es verdaderamente bueno.
El psicoanálisis que el director le hace a la actriz en el coche no viene a cuento; entre otras razones porque cuando ella le hace a él la misma pregunta, él no sabe qué responder.
Toda la escena de la intrusión en una casa de vecinos es absurda. Al final se escapan, pero hubiera sido más realista que terminaran en comisaría.
Detesto los fantasmas en las pelis. Puede que Bernadette Peters merezca todo el reconocimiento del mundo, pero flaco favor se le hace haciéndola aparecer durante unos segundos desde el más allá.
En conclusión: La película me ha masticado (el cerebro), pero no me ha escupido (fuera del cine). Ahora, el tour de force entre Moore y Giamatti: ¡pura dinamita!

